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domingo, 5 de junio de 2016

Escribir o no escribir




A veces pienso que si  escribo adelantaré mi muerte. Otras siento que si no escribo es porque ya estoy en ese futuro incierto donde lo imaginado es la única verdad y mi desdicha.

sábado, 21 de mayo de 2016

Otra vez al amanecer


La noche anterior a la llamada de Alonso, un impulso de huida me despertó  mientras dormía. En realidad lo que me hizo abrir los ojos en  la oscuridad del pequeño cuarto de la Residencia de estudiantes fue el aire acondicionado o más bien, la pesadilla del zumbido perpetuo del aire acondicionado formando parte de un sueño. Me veía, como cada mañana, paseando por uno de esos inmensos jardines que precedían a las aulas de West Campus,  parques de suave fragancia cuyo cuidado  verdor inundaba cualquier espacio  entre los edificios de piedra gris. Más allá, un muro me impedía el acceso al bosque  oscuro  repleto de sonidos y enredaderas tapizando los viejos troncos.
Me sentía liberada lejos de casa  entre tanta gente joven, todos tan atractivos, tan deportistas, tan inteligentes, tan admirados ¡Aquella Universidad era tan perfecta! Parecía contener  en sí todo sin necesitar nada del exterior. Era entonces cuando comenzaba el zumbido,  levantaba la cabeza y descubría con estupor su procedencia más allá de los edificios, también en el cielo azul, detrás de las nubes semitransparentes. Ese sonido era como el susurro de la muerte. Allá arriba había miles de espectadores invisibles, energía sin materia para formar una fluida  simetría con los cuerpos que circulaban a mi alrededor, tal vez sobre mi cabeza había otro cuerpo, una vida no vivida, expectante o ya fallecida, un movimiento vibratorio que me acompañaba al igual que ese aire acondicionado mañana, tarde y noche funcionando, imposible apagarlo. Al abrir lo ojos, el terror se solidificaba en una sola idea: me controlaban el aire.
Únicamente un día cesó, el huracán Gordon se acercaba a la costa de Carolina del Norte. El aviso fue claro: prohibido terminantemente salir al exterior hasta nueva orden. Sólo las luces de emergencia permanecieron  encendidas y, a pesar de que en el exterior el viento zarandeaba los árboles, yo pude durante dos horas oír mi respiración  acompañada de gruesas gotas de lluvia que chocaban con fuerza contra el cristal de la ventana.
Me senté en el suelo de moqueta gris mientras arreciaba la tormenta y busqué un libro para distraerme, sobre la mesa estaba un grueso volumen del Diccionario de  la lengua española de la RAE, lo había comprado en una tienda de segunda mano pues era la edición del año 39. Me sorprendió ver en las primeras páginas una Advertencia y no la lista de los académicos. En ella,  el bando vencedor más o menos acusaba a “las hordas revolucionarias al servicio de poderes exóticos”  de pretender sumir a España “para siempre en la ruina y en la abyección”. El resto de la Advertencia era aún más tenebroso no por lo que relataba, lleno de términos pomposos como “glorioso Alzamiento”, “diabólica saña” o “España imperial”,  sino por ser un diccionario -instrumento pretendidamente funcional y objetivo- cuya primera página escrita tergiversaba la realidad a través de una manipulación descarada del lenguaje.
A mitad de la lectura un suave golpeteo en el cristal me hizo salir del estupor, en una de las esquinas de la ventana había una enorme mariposa de color verde lima.  Me habían advertido desde el primer día de mi llegada que las ventanas no se podían abrir, en primer lugar porque tenían un tope de apertura para que nadie pudiera entrar o salir a través de las mismas y en segundo lugar porque saltaría la alarma.  ¿Y qué? No había electricidad. Nadie se daría cuenta. La mariposa tenía un cuerpo grueso y unas antenas como peines, nunca había visto una tan grande pues con las alas abiertas era mayor que mi mano. Deslicé con mucho cuidado el cristal. Las gotas pegaron con fuerza en mi brazo y con cuidado pero rápido la atrapé sin dificultad. Sentí un placer inexplicable al hacerlo aun sabiendo que no le salvaría la vida sino que aceleraría su muerte. A pesar de todo se impuso la codicia por la belleza y no me detuve. Recordé a Nabokov y lo imaginé cazando mariposas como se cazan las metáforas: con sus calcetines hasta la rodilla, la red alzada, los pantalones cortos. Era un ejemplar maravilloso, supe después su nombre: Mariposa  Luna. ¿Puede la belleza tener ética?
De pronto las luces se encendieron y el aire viciado comenzó de nuevo a ronronear. Me vi reflejada en el cristal de la ventana con el alfiler en la mano a punto de atravesar el cuerpo de aquella mariposa. Se me antojó entonces Duke -sin ancianos, sin niños, sin un solo tarado o con discapacidad física- un escaparate perfecto repleto de jóvenes actuando sin saberlo.  Tras la ventana, con el aire limpio que siempre queda tras la lluvia, pude  reconocer el edificio de Salud Mental,  ese sí que no descansaba, día y noche con las puertas abiertas a rostros sin nombre, falseando identidades, vomitando la comida o los nervios en la taza del váter para mantener el aspecto de quienes no eran. Esa era la ley, estar a punto para el siguiente día porque,  otra vez al amanecer, el tiovivo se pondría en marcha. Bastaba con  empezar a jurar por tu honor, de pie, con la mano en el pecho  al principio de cada examen porque tú eras Duke, tu condición, tu naturaleza. Esa era tu raza.  Y el puñetero aire acondicionado que nunca se  detenía.
Cuando el encargado de mantenimiento vino a dar el aviso de que el peligro había pasado,  me  encontró dentro del cuarto, subida a una escalera metálica, intentando con un trapo de cocina tapar la rejilla de aquel respiradero, aquella boca sucia de aire programado.

martes, 3 de marzo de 2015

And it makes me wonder



Yes, there are two paths you can go by,
but in the long run
there's still time to change the road you're on.
And it makes me wonder.
                                                                               Stairway to Heaven - Led Zeppelin



     Los rayos de sol se filtran por el cristal, antes se han distribuido por los minúsculos surcos que el limpiaparabrisas ha ido rayando con el paso de los años. La lluvia erosiona,  la luz lo hace visible y el ruido del motor sube o baja el tono según el leve movimiento del pie en el acelerador. La vista se centra en el horizonte, las montañas se suceden en tonos azules tirando a un gris parduzco, mientras, el olivar parece sacado de un recortable. Los gestos repetitivos se tornan una costumbre y el coche toma con suavidad las curvas  agrandando con su cercanía los quitamiedos. ¿A quién se le ocurriría esa palabra compuesta tan visceral para designar un objeto de metal galvanizado? Voy contando los que han sido reparados recientemente, se reconocen con facilidad porque conservan un  renovado brillo de  cuchillas.
      Hace calor en esta mañana de invierno, meto la quinta  y el coche avanza sobre un asfalto de espejismo. En ese momento en el que la carretera parece irreal y vamos como flotando sobre el brillo de la superficie, pienso en una frase de mi profesor de autoescuela: “Pasión y voluntad es lo que hay que tener para llevar bien un  vehículo”. Era un señor ya mayor, con ojos de tortuga y una barriga redonda capaz de deshilachar ojales  de una sola sentada; tantos años dando clases ante un parabrisas  junto a desconocidos  lo habían amoldado al asiento,y desde allí, como si estuviera muy lejos y nunca te fuera a tocar,  dirigía con órdenes tajantes pero sin levantar la voz. Parecía que en vez de ser un instructor fuera un señorito trasnochado,  me sentía su chófer, de hecho me comportaba  con la docilidad propia de un subordinado ante el miedo a convertir un  mínimo error en una catástrofe.  En  los semáforos, sin nada qué decir y oyendo  el motor a ralentí,  lo miraba por  el rabillo del ojo y me lo imaginaba de joven con pantalones acampanados, bajando de un seiscientos mientras se arreglaba el cuello vuelto con mirada de satisfacción. Se enfadaba mucho si se daba cuenta de que iba pensando en otras cosas pero a mí, tanta tensión con las manos agarrotadas al volante, tantas señales, ruidos, bujías, palancas y luces,  me hacían pensar que era un milagro que aquel conjunto de latas ensambladas me obedeciera y se dejara llevar; combustión interna me decía yo, eso se llama combustión interna.
     Me  reacomodo en el asiento, la memoria  no sólo archiva recuerdos  banales  sino que memoriza trayectos. A cien metros, a doscientos, dos kilómetros más allá… ¿Qué más da cuando una  línea recta se curva y el valor de la distancia  entre dos puntos carece de sentido?. Ahora viene una curva pronunciada, hay que reducir la velocidad y acelerar para salir de la misma. Yo, que siempre me he sentido segura noto la tensión en los hombros al oír la línea que delimita el paso al arcén raspando los neumáticos. Me estoy acercando demasiado. El ruido es un aviso de peligro. Ante el sonido áspero y bronco, como si fuera de baja frecuencia,  el miedo actúa y un movimiento brusco  a través de las manos se transmite al volante, es el instinto de protección sin consecuencias: nada sobreviene cuando se produce ese rozamiento pero no se puede estar divagando mientras se dirige un coche. Sonrío al contemplar la línea continua y pienso que por mirarla no retumba pero ahí está su rugosidad y  esa vibración amenazante  se mantiene en el aire  dilatándose en un zumbido dentro de mi cabeza.
   Él enciende la radio quizás para anular ese mismo sonido, va concentrado en la simultaneidad de mis gestos y la carretera.
        -Tengo que hacer un largo viaje- le digo.
       Los troncos de los olivos se suceden ordenadamente en hileras sobre una cuadrícula de tierra ocre. Óxido y verde invierno. Me mira  aparentado no mostrar un interés desproporcionado ante una frase tan ambigua.
          -¿Qué estás leyendo? – pregunta con suspicacia.
        La pregunta es tan breve que parece incompleta así que subo el volumen de la radio sin responder, suenan los primeros acordes de Stairway to Heaven; a veces un gesto puede evitar un interrogatorio, pero él insiste:
          -¿De viaje, a dónde?
        – No lo sé, no hay mapas, en la noche buscaré ojos de gato, biondas, reflectantes, temo perderme, cualquier señal puede servir.
          Guarda silencio pero  en su respiración acompasada y en esa pequeña tos seca final oigo una partitura para instrumentos de percusión que me lo transmiten  todo. Aunque, después de tantos años sigo preguntándome qué pensará verdaderamente. ¿En qué momento se tiene la certeza de penetrar en los pensamientos del otro?. El cuerpo no da concesiones al alma. Busco a ciegas tranquilizarlo y le comento a media voz:
          -¿Quieres saber qué caminos recorreré?
           – No, sólo vuelve. No iré a buscarte.
          – Lo sé. Ya me encontraste una vez en el arcén, cerca de un cruce de caminos, apoyando la cabeza en un quitamiedos como quien no quiere la cosa.
Se ríe abiertamente para contestar:
          – Bueno, no te conocía. Nadie te conoce- susurra mientras me mira con ternura y acerca muy despacio su mano a mi muslo.
          -Yo tampoco- pienso  arrastrando las palabras a la vez que esquivo un bache en el asfalto- yo tampoco.
        A lo lejos, la luz es tan sólida marcando la carretera que parece romper las leyes de la física para hacerla infinita y ante nuestro asombro, por el carril de la  izquierda, un viejo seiscientos color crema nos adelanta a toda velocidad.

viernes, 17 de octubre de 2014

El acontecimiento




 

Fue asombroso. Los restos de la Torre Eiffel quedaron almacenados en una cajita de zapatos. Ni nos atrevimos a dar el aplauso definitivo.

domingo, 17 de agosto de 2014

La tormenta

 


El  cielo  comienza  a  poblarse  de cúmulos   grises  que  emborronan  las nubes  blancas. Con su densidad, parecen querer abarcar cada centímetro del espacio azul libre. En ese pesado avance, empujan al viento que cálidamente zarandea los árboles, y poco a poco estos comienzan a susurrar tenues cánticos. Son como viejas campanas de una iglesia cuyo bronce gastado arrastra los sonidos y lo eleva. Es el primer aviso. Los hombres huyen para encontrar un refugio y los pájaros buscan el descenso: una rama, una piedra o simplemente mimetizarse con el suelo. Después se levanta el olor de la tierra. Las sombras desaparecen y los objetos se transforman, pues sin esa proyección oscura carecen de profundidad; por eso, desde la ventana, veo cada elemento lleno de vida amontonándose en un primer plano, es una imagen rebosante. Los animales a resguardo permanecen en una quietud que en realidad es un estado de alerta. Dentro, en la casa, sólo las moscas revolotean buscando algún resto de comida o una fruta madura. De súbito comienzan a caer las primeras gotas, son gruesas, impetuosas, dispersas. Pero el agua ya no avisa, tampoco son los ojos los que se nublan, no. Son las gotas y su reflejo que transforman esos mismos objetos que se ven a través de la luz amplificada fuera de ellos, de su espacio, de su alma. ¿Habrá belleza en esas bubas transparentes que de una hoja hacen un borrón verde y resbaladizo y de una flor un pétalo oscuro de savia golpeada? Puede que sí, que sea una belleza terrible cuando el tiempo de la lluvia se urde como los finos hilos de un telar haciendo sedoso el paisaje, irreal.

        A pesar del miedo a los truenos o al temblor ante los rayos hay que salir a campo abierto para respetar un misterioso deseo: que la lluvia me empape. Cae el agua al igual que caen las frases bien pronunciadas.Y me saben a música, una música que se traga la tierra. Es la lluvia tan dulce sobre la piel que sana. Una lluvia tan severa que te hace diminuta o rebelde, según se mire, si me atrevo a levantar la cara, los ojos abiertos, las gotas golpeándome los labios.