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domingo, 17 de agosto de 2014

La tormenta

 


El  cielo  comienza  a  poblarse  de cúmulos   grises  que  emborronan  las nubes  blancas. Con su densidad, parecen querer abarcar cada centímetro del espacio azul libre. En ese pesado avance, empujan al viento que cálidamente zarandea los árboles, y poco a poco estos comienzan a susurrar tenues cánticos. Son como viejas campanas de una iglesia cuyo bronce gastado arrastra los sonidos y lo eleva. Es el primer aviso. Los hombres huyen para encontrar un refugio y los pájaros buscan el descenso: una rama, una piedra o simplemente mimetizarse con el suelo. Después se levanta el olor de la tierra. Las sombras desaparecen y los objetos se transforman, pues sin esa proyección oscura carecen de profundidad; por eso, desde la ventana, veo cada elemento lleno de vida amontonándose en un primer plano, es una imagen rebosante. Los animales a resguardo permanecen en una quietud que en realidad es un estado de alerta. Dentro, en la casa, sólo las moscas revolotean buscando algún resto de comida o una fruta madura. De súbito comienzan a caer las primeras gotas, son gruesas, impetuosas, dispersas. Pero el agua ya no avisa, tampoco son los ojos los que se nublan, no. Son las gotas y su reflejo que transforman esos mismos objetos que se ven a través de la luz amplificada fuera de ellos, de su espacio, de su alma. ¿Habrá belleza en esas bubas transparentes que de una hoja hacen un borrón verde y resbaladizo y de una flor un pétalo oscuro de savia golpeada? Puede que sí, que sea una belleza terrible cuando el tiempo de la lluvia se urde como los finos hilos de un telar haciendo sedoso el paisaje, irreal.

        A pesar del miedo a los truenos o al temblor ante los rayos hay que salir a campo abierto para respetar un misterioso deseo: que la lluvia me empape. Cae el agua al igual que caen las frases bien pronunciadas.Y me saben a música, una música que se traga la tierra. Es la lluvia tan dulce sobre la piel que sana. Una lluvia tan severa que te hace diminuta o rebelde, según se mire, si me atrevo a levantar la cara, los ojos abiertos, las gotas golpeándome los labios.