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sábado, 21 de mayo de 2016

Otra vez al amanecer


La noche anterior a la llamada de Alonso, un impulso de huida me despertó  mientras dormía. En realidad lo que me hizo abrir los ojos en  la oscuridad del pequeño cuarto de la Residencia de estudiantes fue el aire acondicionado o más bien, la pesadilla del zumbido perpetuo del aire acondicionado formando parte de un sueño. Me veía, como cada mañana, paseando por uno de esos inmensos jardines que precedían a las aulas de West Campus,  parques de suave fragancia cuyo cuidado  verdor inundaba cualquier espacio  entre los edificios de piedra gris. Más allá, un muro me impedía el acceso al bosque  oscuro  repleto de sonidos y enredaderas tapizando los viejos troncos.
Me sentía liberada lejos de casa  entre tanta gente joven, todos tan atractivos, tan deportistas, tan inteligentes, tan admirados ¡Aquella Universidad era tan perfecta! Parecía contener  en sí todo sin necesitar nada del exterior. Era entonces cuando comenzaba el zumbido,  levantaba la cabeza y descubría con estupor su procedencia más allá de los edificios, también en el cielo azul, detrás de las nubes semitransparentes. Ese sonido era como el susurro de la muerte. Allá arriba había miles de espectadores invisibles, energía sin materia para formar una fluida  simetría con los cuerpos que circulaban a mi alrededor, tal vez sobre mi cabeza había otro cuerpo, una vida no vivida, expectante o ya fallecida, un movimiento vibratorio que me acompañaba al igual que ese aire acondicionado mañana, tarde y noche funcionando, imposible apagarlo. Al abrir lo ojos, el terror se solidificaba en una sola idea: me controlaban el aire.
Únicamente un día cesó, el huracán Gordon se acercaba a la costa de Carolina del Norte. El aviso fue claro: prohibido terminantemente salir al exterior hasta nueva orden. Sólo las luces de emergencia permanecieron  encendidas y, a pesar de que en el exterior el viento zarandeaba los árboles, yo pude durante dos horas oír mi respiración  acompañada de gruesas gotas de lluvia que chocaban con fuerza contra el cristal de la ventana.
Me senté en el suelo de moqueta gris mientras arreciaba la tormenta y busqué un libro para distraerme, sobre la mesa estaba un grueso volumen del Diccionario de  la lengua española de la RAE, lo había comprado en una tienda de segunda mano pues era la edición del año 39. Me sorprendió ver en las primeras páginas una Advertencia y no la lista de los académicos. En ella,  el bando vencedor más o menos acusaba a “las hordas revolucionarias al servicio de poderes exóticos”  de pretender sumir a España “para siempre en la ruina y en la abyección”. El resto de la Advertencia era aún más tenebroso no por lo que relataba, lleno de términos pomposos como “glorioso Alzamiento”, “diabólica saña” o “España imperial”,  sino por ser un diccionario -instrumento pretendidamente funcional y objetivo- cuya primera página escrita tergiversaba la realidad a través de una manipulación descarada del lenguaje.
A mitad de la lectura un suave golpeteo en el cristal me hizo salir del estupor, en una de las esquinas de la ventana había una enorme mariposa de color verde lima.  Me habían advertido desde el primer día de mi llegada que las ventanas no se podían abrir, en primer lugar porque tenían un tope de apertura para que nadie pudiera entrar o salir a través de las mismas y en segundo lugar porque saltaría la alarma.  ¿Y qué? No había electricidad. Nadie se daría cuenta. La mariposa tenía un cuerpo grueso y unas antenas como peines, nunca había visto una tan grande pues con las alas abiertas era mayor que mi mano. Deslicé con mucho cuidado el cristal. Las gotas pegaron con fuerza en mi brazo y con cuidado pero rápido la atrapé sin dificultad. Sentí un placer inexplicable al hacerlo aun sabiendo que no le salvaría la vida sino que aceleraría su muerte. A pesar de todo se impuso la codicia por la belleza y no me detuve. Recordé a Nabokov y lo imaginé cazando mariposas como se cazan las metáforas: con sus calcetines hasta la rodilla, la red alzada, los pantalones cortos. Era un ejemplar maravilloso, supe después su nombre: Mariposa  Luna. ¿Puede la belleza tener ética?
De pronto las luces se encendieron y el aire viciado comenzó de nuevo a ronronear. Me vi reflejada en el cristal de la ventana con el alfiler en la mano a punto de atravesar el cuerpo de aquella mariposa. Se me antojó entonces Duke -sin ancianos, sin niños, sin un solo tarado o con discapacidad física- un escaparate perfecto repleto de jóvenes actuando sin saberlo.  Tras la ventana, con el aire limpio que siempre queda tras la lluvia, pude  reconocer el edificio de Salud Mental,  ese sí que no descansaba, día y noche con las puertas abiertas a rostros sin nombre, falseando identidades, vomitando la comida o los nervios en la taza del váter para mantener el aspecto de quienes no eran. Esa era la ley, estar a punto para el siguiente día porque,  otra vez al amanecer, el tiovivo se pondría en marcha. Bastaba con  empezar a jurar por tu honor, de pie, con la mano en el pecho  al principio de cada examen porque tú eras Duke, tu condición, tu naturaleza. Esa era tu raza.  Y el puñetero aire acondicionado que nunca se  detenía.
Cuando el encargado de mantenimiento vino a dar el aviso de que el peligro había pasado,  me  encontró dentro del cuarto, subida a una escalera metálica, intentando con un trapo de cocina tapar la rejilla de aquel respiradero, aquella boca sucia de aire programado.

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